Pierre Menard, autor del Concilio Vaticano II
Borges escribió un cuento titulado PIERRE MENARD, AUTOR DEL QUIJOTE, y en él se divierte explicando cómo el buen Pierre, que era francés, se tomó el enorme trabajo de escribir varios capítulos del Quijote en el mismo castellano de aquel siglo, idéntico letra por letra del original, pero que evidentemente decía cosas muy diferentes de aquel de Cervantes
Dardo Juan Calderón
4/10/2026


La referencia puede resultar un poco tilinga, pero bastante gráfica. Borges escribió un cuento titulado PIERRE MENARD, AUTOR DEL QUIJOTE, y en él se divierte explicando cómo el buen Pierre, que era francés, se tomó el enorme trabajo de escribir varios capítulos del Quijote en el mismo castellano de aquel siglo, idéntico letra por letra del original, pero que evidentemente decía cosas muy diferentes de aquel de Cervantes (el cuento está en PDF en la red). Y se toma el trabajo de transcribir un párrafo del original y otro del nuevo, que aunque coinciden letra por letra y coma por coma, demuestra cómo el de Menard tiene significados muy diferentes, mucho más resonantes para los lectores modernos que los de aquel viejo castellano. Por ejemplo, si Cervantes dice “historia”, invoca simplemente aquello que transcurrió en el pasado, pero Menard dice muchísimo más, porque cuando él dice “historia” y tras esa palabra ha transcurrido toda la filosofía moderna, se refiere a un ente espiritual que mueve la existencia del hombre y dicta su moral y su religión.
El asunto que lo que se dice o escribe, se dice en un tiempo dado, desde las circunstancias del que habla y de los que escuchan, desde sus culturas, sus experiencias de vida y hasta del modo y el gesto con que se dice, es tan viejo como el de “mear en los portones” (diría el General Perón). Decir que un texto lleva todo el bagaje del “contexto”, no es ninguna novedad para alguien mínimamente avezado en cuestiones hermenéuticas. Todos sabemos que si un “línea media” te dice “Rezaré por ti”, te está diciendo que te estás condenando, que bien te lo mereces y que él es muy buenito; pero que si la misma frase viene de tu hermano que te quiere, pues dice simplemente que rezará por ti al Buen Dios.
Es vieja la sentencia de que el Evangelio, si no es leído en el contexto que traza la Iglesia a través de su Magisterio, puede ser veneno, aunque sean las exactas palabras de la Vulgata. Por ello no es recomendable al laico aventurarse en su lectura como hicieron los protestantes, así, sueltito de cuerpo, con lo que le enseñó una catequista simpaticona, lo que logró leer en las revistas de difusión o en un transitado (o caminado) blog cuyo contexto fuera el modernismo arqueológico de Louis Bouyer y el apuro de su atolondrado autor por llenarlo de entradas para mantener la publicidad lograda a costa de los bobos que dan “like”. También era Borges el que decía que hay mayor mérito en saber leer que en saber escribir.
Decir que el Concilio Vaticano II tiene “algunitas” partes que chirrían, pero que en general dicen lo mismo que siempre se dijo en la Iglesia, es confesar sin más que uno no sabe leer o que se está haciendo el tonto, manteniendo un malentendido que hace imposible la interpretación del texto (¡y creen que tergiversar el sentido de sus autores es poner buena voluntad!). Si se lo quiere leer bajo la inspiración de Santo Tomás, pues hagamos como que no han pasado estos ocho siglos, que no existió el modernismo expreso de la gran mayoría de los “Padres Conciliares”, que no existieron los “periti” que los manejaron metiendo las manos por debajo de sus sotanas… ¡claro! Si así fuera ¡Allí estaría el Quijote de Cervantes! Pero, aceptemos, en este caso sería sin la honestidad ni la audacia de Menard de respetar toda la letra, el viejo lenguaje y el viejo estilo; pues hay largos espacios que Santo Tomás jamás habría escrito ni aceptado. Tratar de traducir el Concilio con el tomismo en nuestras mentes, armaría un pastiche imposible de arrojar un sentido por sus enormes contradicciones. Pero cuando lo leen los modernistas estas contradicciones no existen, todo tiene un sentido lógico. Ellos, sus autores, lo expresan con meridiana claridad y los efectos prácticos que han salido de esta lectura lo avalan sin lugar a la menor duda, porque estaban escritos por cabezas formadas en la modernidad y para ser digeridos por cabezas modernas y liberales, y a estas cabezas no les fue para nada difícil entenderlo al primer vistazo y producir en sus vidas los cambios que el texto prohijaba. Para los tradicionalistas es ajeno, sin más. Y los conservadores hacen piruetas para nada honestas tratando de hacer pasar un burro por una cerradura, hablando de que la “novedad” del Concilio es sólo un “malentendido” que puede superarse con “buena voluntad” ¡¿?!.
Todo texto (y con mayor razón si pretende ser sagrado o milenario) es un mensaje cifrado que requiere un código interpretativo. Por ello decía Borges que hay tantos discursos como lectores, salvo que, como en el caso de la Iglesia, se te daba el código que entregaba el significado unívoco y real (palabra, esta última, que por supuesto requiere el código para entenderla). Si no hay un código y sólo uno, pues ocurre lo que dice Borges. Y así los textos del Concilio se hacen ambiguos y se les puede dar cualquier sentido si no existe este código interpretativo, pero no nos engañemos, los textos del Concilio fueron redactados para ser leídos desde un acuerdo con la modernidad, acuerdo pactado expresamente y sin lugar a dudas por el propio Pablo VI, con la lente intelectual de Hegel, con la carga de liberalismo que la fenecida cristiandad llevaba encima y en el marco histórico de una rendición incondicional de la Iglesia frente al Mundo que gobernaba la masonería. Para botón de muestra hay textos sobre los que no cabe la menor duda, como el de la libertad religiosa.
Parte de ese “malentendido forzado” es pensar que cuando Ratzinger y otros teólogos hablaban de “Hermenéutica de la Continuidad”, querían decir que se podían usar las circunstancias culturales y filosóficas de Santo Tomás o de San Pio X para interpretar el texto… ¡Ni de cerca! ¡No eran tan tontos ni tan deshonestos! ¡Esos teólogos ni habían leído aquellas obras! Pero sí habían concurrido a las clases de Gadamer y se habían empapado de la “Filosofía de la Hermenéutica” en las universidades alemanas. Si quieren saber qué estaban diciendo, pues vayan a esos textos, a esa época, a esa “Luz que venía del Norte”. Vean sus vidas que, inspiradas por un moderno sentido de la “libertad” ya producían conductas habituales liberales. Y no me refiero a las cochinadas de ahora.
Los conservadores pretenden hacer de una honesta apostasía un deshonesto malentendido, y de esa pirueta moral sacar algo bueno.
Ya ni hablar del novus ordo, que más claro échale agua, redactado por la masonería protestante, al que no hay manera alguna de forzarle la interpretación. Es por eso que quieren enredar el asunto en el intríngulis arqueologista de la “Reforma de la Reforma”, para que se oscurezca con sus tan amadas contradicciones y ambigüedades, haciendo la felicidad de los muchachos de la “Paz Litúrgica”, de donde no va a salir otra cosa que lo que hay en sus pobres calvas. Hay gentes que ¡no encuentra grandes diferencias entre una liturgia y la otra! ¡Y hasta profesores de filosofía!
Resulta que hay que darles una lección nada menos que con Borges. Que se ríe.
Publicado en https://adelantelafe.com/pierre-menard-autor-del-concilio-vaticano-ii/ el 21 de marzo de 2026
