MISA Y POLÍTICA

El acto de justicia con Dios que funda el verdadero orden político es el acto de rendir a Dios el culto debido, ese culto es el “dar a cada uno lo suyo” con respecto a Dios.

Dardo Juan Calderón

4/17/20266 min read

Si el acto de justicia que conforma lo social tiene como principio primordial el establecer la justicia entre los hombres, aún bajo el criterio del derecho natural (como suelen sostener algunos iusfilósofos pretendidos católicos) o bajo algún otro criterio filosófico (marxista, democratista, etc.), pues lo estrictamente político, una filosofía política, cobra una primacía de criterio para el orden social. Pero, si por el contrario el acto de justicia fundante y primero de toda sociedad es el acto de justicia del hombre con respecto a Dios, que es lo que sostiene la doctrina tradicional católica, es lo teológico lo que se convierte en principio de todo.

¿Por qué? Porque el acto de justicia con Dios no surge ni de una reflexión sobre el orden natural, ni en la invención de un sistema ideológico. Sólo puede ser REVELADO por Dios. El acto de justicia con Dios que funda el verdadero orden político es el acto de rendir a Dios el culto debido, ese culto es el “dar a cada uno lo suyo” con respecto a Dios. Y ese “culto” no puede ser dado en cualquier forma, sino en la forma en que Dios mismo lo ha determinado por revelación. Ese culto no es lo debido a Dios si simplemente nos conformamos con afirmar su existencia, que es todo lo que podemos saber de Él partiendo de una consideración sobre el orden natural, como suelen hacerse en algunas constituciones modernas (¡cómo si hiciera falta!). El acto de culto solicitado por Dios es el ofrecimiento de la Segunda Persona de la Trinidad, en su Pasión y Muerte, mediante el rito de la Misa en la que se produce el Sacramento de la Eucaristía y se ofrece su Carne y su Sangre. Ningún acto humano hace justicia a Dios y ninguna sociedad que no dedique este culto revelado a Dios, puede ser justa.

Aristóteles entendía que una sociedad en que la justicia distributiva (la del estado) no fuera justa, ninguna relación entre sus ciudadanos podía ser “ajustada”. Con la Revelación sabemos que ninguna sociedad que no sea Justa con Dios, de la manera que le hizo justicia su Hijo Bien Amado, puede tener una justicia distributiva ajustada y por ende, tampoco la conmutativa (entre los ciudadanos). Y como sabemos que hay un solo Dios y un solo Culto, pues ya podemos sacar las consecuencias. La Misa Católica es el único medio que permite la existencia de una sociedad “ajustada a derecho” (como se dice ahora) y es por tanto la acción primera que todo gobierno en esta tierra debe procurar para tener un orden social justo. No existe la posibilidad de una política ni medianamente justa sin su subordinación directa a la Teología.

Cuando Enrique IV dijo que “Paris bien vale una Misa”, estaba diciendo una verdad más grande de lo que suponía, y lo hacía porque tenía encima una Iglesia que conservaba claro lo político y le imponía una Misa para comenzar.

Sería largo sacar todas las consecuencias de estos principios, los dejo en ello, pues entonces veremos el rol de la Iglesia Católica en el orden político, el rol del Sacerdocio cristiano y el rol del Papa en todo esto. La única consecuencia que hoy queremos sacar de esto es que si la Iglesia, saliéndose de la necesaria tolerancia del mal de que existan sociedades no católicas, se lanza en una “libertad de cultos” como fundamento social (ya sea entendiendo que la justicia de las sociedades se pueda lograr desde una reflexión sobre el orden natural o desde el respeto a un listado de derechos humanos), trunca y hace imposible la existencia de alguna sociedad justa entre los hombres y hasta la de un mínimo orden posible. Siembra el caos, “el que Conmigo no junta, desparrama”. El Concilio Vaticano II no sólo es la dilución de la teología tradicional sino que es la total dilución de una política cristiana. Es la adhesión, sin más, al liberalismo político, que es antipolítica.

Si el Acto de Justicia con Dios es la base y principio de todo orden, si el Culto Católico, la Misa Católica, es este acto de justicia, pues es falsa toda posición política que no busque la permanencia del Culto al Verdadero Dios como fundamento de lo social, perfectamente ajustado a Su voluntad expresada por Revelación.

¿Se puede hacer algo en política prescindiendo del Culto Católico? Si, algunas chapuzas en el mejor de los casos, por un tiempito, construcciones sobre arena, “si no queda otra…” y los entiendo y hasta a veces los justifico en un mal menor, aunque en lo personal me resulte innoble, pues la más de las veces el mal menor son el proteger algunos intereses propios, es para zafar como grupo o individualmente. Pero entonces ¿Qué debe hacer la Iglesia? Nada de chapuzas, DEBE, en primer lugar, ASEGURAR LA PERSISTENCIA DEL CULTO DEBIDO A DIOS como medida de lograr no sólo la salvación de las almas, sino como medida política de obtener el mejor orden social posible.

Y cuando buscamos sostener el Culto público al Dios Verdadero, ¿hacemos sólo religión? ¿O estamos haciendo también política? De la mejor.

No voy a entrar en el análisis de si el Novus Ordo cumple o no esta función, lo que es discutible. Sin embargo hay una pista, si el Novus Ordo surge del espíritu y de la filosofía política del Concilio Vaticano II que establece como principal pilar de la sociedad civil la “libertad de cultos”, ¿no habrá sido concebido para expresar esto y no lo anterior? Existe la bastante bien fundada sospecha que los cambios litúrgicos quieren expresar también este cambio en la filosofía política que se produjo en el Concilio y, en los hechos, así lo han entendido todos los progresistas. Que no son tontos.

Pareciera que el combate por la Misa fuera un asunto interno de cuestiones estrictamente religiosas, pero vemos que no es así. Y ahora les pido que se pongan en el lugar de quien, como buen católico, piensa que el Novus Ordo no cumple con dar el Verdadero Culto a Dios, sino que por el contrario es un nuevo culto humanista. ¿No sería el combate por la Misa Tradicional una cuestión de primer rango, no sólo para quien ama la Iglesia, sino también para quien ama a su sociedad y a su país (no me gusta lo de “patria”, hace tiempo que con Gómez Dávila, una vez muerta la cristiandad y sus naciones católicas, dejo este término para la Iglesia. Aunque algunos me digan apátrida).

Tanto Modernistas como Tradicionalistas sabemos que tenemos religiones diferentes, en breve se declarará el cisma sin rodeos, pero también entendemos que concebimos lo político muy diferente, unos desde un liberalismo izquierdoso, y otros desde la doctrina tradicional católica. Y ambos sabemos y estamos profundamente convencidos que los cultos establecidos, Novus y Vetus, responden a estas concepciones político filosóficas, que las representan en sus signos y en sus letras. Lo sabemos, y se ha dicho suficientemente, que la Misa de uno y del otro más allá de su valor sobrenatural, son “estructuras simbólicas” pensadas para penetrar en las mentes de los hombres comunes, una u otra concepción filosófico política además de la religiosa. Tradicional o moderna, de derecha o izquierda, monárquica o democrática, como quieran, pero eso está más claro que el agua. El Papa León XIV ha dicho hace poco y expresamente que “la Misa Tridentina es una causa de derechas” y podríamos agregar, sin miedo a equivocarnos, que la misa nueva es una causa de izquierdas.

Los que mezclan todo son los conservadores, que se sostienen en la contradicción y que hoy, frente a un choque frontal de las posiciones que se hacen evidentes no sólo en planos teológicos, sino también políticos, no sólo quieren un acuerdo en la ambigüedad que no deje llegar la sangre al río, sino que temen estar peligrando ser el pato de la boda. Porque los dos bandos, tradicionalistas y modernistas, se están definiendo en todos los planos y quieran que no van limpiando, mucho, y más se limpiarán en breve, las infiltraciones conservadoras. Y creo que los van a poner en el aprieto de tomar partido. Y aunque están tratando de sacar un conejo del sombrero y que todo siga en aguas de borrajas, hay encrucijadas históricas insalvables.

A pesar de que uno rechaza la mentalidad del cálculo y en el fondo celebra los momentos que obligan a tomar partido y definirse (no niego que a algunos, mea culpa, porque desconfiamos de nosotros mismos cuando quedamos librados al marasmo de la sociedad de consumo), no dejamos de lamentar el daño colateral enorme entre gentes a los que uno aprecia y que en muchos casos son hasta parientes y amigos cercanos, porque por desgracia, en general, el conservador siempre se convence que quienes los pusieron en mala posición son los de derecha y no los de izquierda; y se cabrean muchísimo con uno. Louis Bouyer, que era un modernista conservador (hoy cotizado entre conservadores) de conductas y pensamiento bastante “ambiguos”, aseguraba que el modernismo ramplón era una reacción justificada frente al integrismo intolerante y asertórico, y que era este último el que debía desaparecer por “inhumano”, el ángel que se hace bestia. Como Camus, entienden que el aportar un fuerte sentido a la existencia conduce al drama y la extinción (en Cristo se confirma). Por ello una necesaria cuota de absurdidad y ambigüedad es necesaria para sobrevivir. Y es muy cierto. Si sólo lo que se pretende es sobrevivir.