GUERRA Y PAZ

Lamentablemente, vemos con cuánta asiduidad altos eclesiásticos pregonan una paz fraternal, una paz internacional, una paz con el medio ambiente, incluso, hasta se llega a sostener en el copiosa palabrería que debe buscarse la “paz de Cristo”.

Tomás I. González Pondal

4/14/20267 min read

El 20 de diciembre de 2024, Vatican News (para que nadie cuestione la fuente) ventiló sobre el Papa Francisco y el presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, lo siguiente: “Con el líder demócrata -con quien ha habido muchos contactos y encuentros en los últimos años- el Papa habló de «los esfuerzos para promover la paz en el mundo durante las fiestas navideñas” (https://www.vaticannews.va/.../el-papa-francisco-al...). Recordemos que Joe Biden antes y después de la fecha indicada, no ha dejado de defender las macabras ideologías asesinas del aborto y la contranatura impulsada por los ideólogos de género, y recordemos que (una frutilla más al postre), fue dicho presidente el que otorgó” el más alto honor civil de los Estados Unidos a George Soros”.

Recientemente, el 10 de abril de 2026, Vatican News (para que nadie cuestione la fuente), ventiló sobre el Papa León XIV y el presidente de Francia, Macron, lo siguiente: ““Durante los cordiales coloquios en la Secretaría de Estado se hizo referencia a las buenas relaciones existentes entre la Santa Sede y Francia. Luego se abordaron cuestiones relevantes de carácter internacional, con un intercambio de opiniones sobre las situaciones de conflicto en el mundo, con la esperanza de que se pueda restablecer la convivencia pacífica a través del diálogo y la negociación” (https://www.vaticannews.va/.../el-papa-leon-xiv-recibe-al...). Macrón, es un ferviente luchador por los seudoderechos abortistas, brega incansablemente por la ideología de género, y es un confesó amante de la masonería, al punto que, lo recordemos, en noviembre de 2023, ante el Gran Oriente de Francia, sostuvo que la masonería es la Iglesia de la República; tampoco debe olvidarse la blasfemia que él apoyó en los Juegos Olímpicos donde se ridiculizó la última Cena (masonería detrás, por supuesto), blasfemia mundialmente conocida.

A los dos párrafos anteriores, y a los efectos de desarrollar mis ideas sobre la “guerra y la paz”, he de sumar insistentemente (insistiré e insistiré hasta el cansancio) un hecho más, hecho que a nadie debe dejar indiferente: lo que se hizo con el documento Mater Populi Fidelis firmado por León XIV, donde se desaconsejó usar los títulos de Corredentora y Mediadora en aplicación a la Santísima Virgen María.

Lamentablemente, vemos con cuánta asiduidad altos eclesiásticos pregonan una paz fraternal, una paz internacional, una paz con el medio ambiente, incluso, hasta se llega a sostener en el copiosa palabrería que debe buscarse la “paz de Cristo”. La mezcolanza entre el agua y el aceite, entre lo negro y lo blanco, entre lo mundano y lo celestial, entre Dios y el demonio, mezcolanza aparecida siempre en los discursos progresistas, nunca jamás pasa desapercibida.

Hay un colmo de la hipocresía que cada día alcanza límites mayores: ¿se cree que un Biden o un Macrón, entregados ambos a Satán, son modelos para estrechar manos y que aseguran con su laicismo la fraternidad humana? ¡Laicismo abominable y ambos consumados genocidas! Entonces nos hablan de paz mundial, entonces se rasgan las vestiduras y dan pareceres sobre la guerra…

Resulta que la historia nos revela que San Juan Bautista perdió la cabeza porque no fue muy “diplomático” con el sanguinario de Herodes. Y cuando se establece la diplomacia contra el Sumo Bien y la Suma Verdad, resulta que nos enteramos que Herodes, antes enemistado con Pilato, se hizo su amigo. ¡Ay de los eclesiásticos que en su diplomacia se hacen amigos de los Herodes!

Si bien la predica retorcida y acariciada con deleite por lo que se llamó la Nouvelle théologie (materia prima del modernismo) desprecia la doctrina de San Agustín y Santo Tomás de Aquino sobre la guerra, como detesto vivamente dicha “nueva teología” y las pastorales pasadas como catecismo universal y que, cuanto más, tienen solo a su favor unos años y unos espacios mas no la verdadera universalidad espacio-temporal, adhiero decididamente a las enseñanzas de los referidos santos doctores. Dice Santo Tomás: “Tres cosas se requieren para que sea justa una guerra. Primera: la autoridad del príncipe bajo cuyo mandato se hace la guerra. No incumbe a la persona particular declarar la guerra, porque puede hacer valer su derecho ante tribunal superior; además, la persona particular tampoco tiene competencia para convocar a la colectividad, cosa necesaria para hacer la guerra. Ahora bien, dado que el cuidado de la república ha sido encomendado a los príncipes, a ellos compete defender el bien público de la ciudad, del reino o de la provincia sometidos a su autoridad. Pues bien, del mismo modo que la defienden lícitamente con la espada material contra los perturbadores internos, castigando a los malhechores, a tenor de las palabras del Apóstol: No en vano lleva la espada, pues es un servidor de Dios para hacer justicia y castigar al que obra mal (Rom 13,4), le incumbe también defender el bien público con la espada de la guerra contra los enemigos externos. Por eso se recomienda a los príncipes: Librad al pobre y sacad al desvalido de las manos del pecador (Sal 81,41), y San Agustín, por su parte, en el libro Contra Faust. enseña: El orden natural, acomodado a la paz de los mortales, postula que la autoridad y la deliberación de aceptar la guerra pertenezca al príncipe. Se requiere, en segundo lugar, causa justa. Es decir, que quienes son atacados lo merezcan por alguna causa. Por eso escribe también San Agustín en el libro Quaest.: Suelen llamarse guerras justas las que vengan las injurias; por ejemplo, si ha habido lugar para castigar al pueblo o a la ciudad que descuida castigar el atropello cometido por los suyos o restituir lo que ha sido injustamente robado. Se requiere, finalmente, que sea recta la intención de los contendientes; es decir, una intención encaminada a promover el bien o a evitar el mal. Por eso escribe igualmente San Agustín en el libro De verbis Dom.: Entre los verdaderos adoradores de Dios, las mismas guerras son pacíficas, pues se promueven no por codicia o crueldad, sino por deseo de paz, para frenar a los malos y favorecer a los buenos. Puede, sin embargo, acontecer que, siendo legítima la autoridad de quien declara la guerra y justa también la causa, resulte, no obstante, ilícita por la mala intención. San Agustín escribe en el libro Contra Faust.: En efecto, el deseo de dañar, la crueldad de vengarse, el ánimo inaplacado e implacable, la ferocidad en la lucha, la pasión de dominar y otras cosas semejantes, son, en justicia, vituperables en las guerras” (Suma teológica - Parte II-IIae - Cuestión 40, art. 1). No está de más recordar que la Nouvelle théologie fue respaldada por papa Juan XXIII con su idea del ressourcement, esto es, «retorno a las fuentes», mas, como se sabe, fue condenado dicho retorno tanto en la Encíclica Mediator Dei de Pío XII como en Apostolorum Principis del mismo Pontífice.

Lo dicho por Santo Tomás y San Agustín va para quienes deseen interiorizarse en la sana doctrina que sobre la temática “guerra” fue defendida por siglos y siglos. Quede claro que va en concepto de formación, y no en apoyo alguno a las carnicerías modernas promovidas por políticos y políticas.

Mas ahora paso a otra guerra que calificaré de más profunda, más sutil, peligrosísima. Hay una guerra atroz, cuasi-infinitamente peor que las guerras fratricidas de sangre, y esa es la guerra que el catolicismo mantiene contra el modernismo. Guerra tanto más atroz cuanto se libra en el interior de la Iglesia, y tanto más demoníaca cuanto que el enemigo se hace pasar por amigo: el modernismo se hace el católico. Mientras que nos encontramos con altos eclesiásticos que ya no hablan el lenguaje de Cristo y velan por una paz internacional masónica, San Juan nos advierte que “todo lo que nace de Dios, vence al mundo, y lo que nos hace alcanzar la victoria sobre el mundo es nuestra fe” (Jn. 5, 4). Por tanto, mientras continúen eclipsando la fe, mientras sigan dando veneno por pan, la victoria sobre el mundo no se produce.

Atiéndase a las siguientes palabras de Santo Tomás de Aquino: “Los prelados deben resistir no sólo a los lobos, que matan espiritualmente a la grey, sino también a los raptores y tiranos, que la maltratan corporalmente. Y las armas de que se han de servir (los prelados) no son, en realidad, materiales, sino espirituales, según las palabras del Apóstol: Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino espirituales (1 Cor 10,4). Esas armas son los avisos saludables, las devotas oraciones y sentencia de excomunión contra los pertinaces” (Suma teológica - Parte II-IIae - Cuestión 40, art. 1). Hoy, carísimos lectores, vemos prácticamente desaparecida de las altas esferas eclesiásticas la resistencia a los lobos, y, en cambio, hoy los lobos son tenidos por ovejas y con ellos se hacen reuniones ecuménicas; se habla un lenguaje muy propio de la masonería, “fraternidad universal”, “paz internacional” y expresiones de igual jaez; las devotas oraciones desaparecen para dar lugar a encuentros orantes multireligiosos tan contrarios al verdadero espíritu católico; y las sentencias de excomuniones pertinentes se reservan ogaño, con fariseísmo notable y abyecto, para los verdaderos amantes de la Tradición Católica.

Finalizan las Letanías de la Virgen llamándola Reina de la Paz. Está ABSOLUTÍSIMAMENTE claro que, como toda gracia de lo alto pasa inexorablemente por María, por ende la paz verdadera pasa por Ella: de ahí que se le llame Reina de la Paz. Mas, el documento Mater Populi Fidelis que desaconseja el título de Corredentora y Mediadora, de alguna manera, al desaconsejar esa misión esencialísima de la Virgen Santísima, le guste o no le guste estableció una suerte de cierre de dicho canal.

No habrá paz verdadera mientras los hombres no se vuelvan a María Inmaculada. No habrá paz verdadera hasta que altos eclesiásticos tiren a la basura la Mater Populi Fidelis, y se haga, desde esos altos puestos, una mundial reparación al Corazón ultrajado de la Madre. No hay paz fuera de María, y por María viene toda paz.

Las puertas del infierno jamás prevalecerán, y la Reina de la Paz, en un no tan lejano 13 de julio de 1917, anunció sin rodeos: “Al final mi Corazón Inmaculado triunfará”.