GUERRA Y DISTOPÍA RELIGIOSA

Impresiona, entonces, la confluencia de expectativas escatológicas de tan variada ralea, al paso que no es de extrañar la rupestre circunspección de la Jerarquía y las conciencias católicas a este respecto.

Flavio Infante

4/20/20265 min read

Resulta que el hombre emancipado de toda superchería devocional, bichozno de Voltaire, simiente transgénica y crepuscular de la Revolución, acabó aferrándose a consignas religiosas para adecentar sus guerras. ¡Quién lo hubiera dicho! Y aun aquellos que persisten en la orgullosa afirmación de la ciencia y la técnica modernas como portadoras del paraíso a este lodazal, incluso ellos tendrán que admitir que allí donde fueron pergeñados los más avanzados artefactos bélicos capaces de combinar los primores de la informática, la física y la química, allí mismo y sin defecto, como en la Ilíada, fueron involucrados a empujones los dioses de uno y otro bando. Esa variante de la ramplonería del espíritu que es el escepticismo moderno, el agnosticismo autosuficiente y todas las solemnes proclamaciones de la incredulidad tendrán que rendirse ante esta evidencia tardohistórica, y el botarate incapaz de un silogismo pero inflado en su racionalismo de octava generación deberá reconocer a su despecho que la rigurosa trama lógica implicada en la ingeniería y la fabricación de los misiles hipersónicos y los sofisticados sistemas de defensa contra los mismos puede conciliarse sin conflicto alguno con la escatológica fe en la manifestación próxima de Al-Mahdi, el imán oculto, o con la esperanza en el adveniente mesías talmúdico que completará manu militari, con el garrote, el ya consumado sometimiento financiero de todos los pueblos.

Ahí lo tenemos, pues, al peliazafranado de Trump con un corro de ridículos telepastores a sus flancos, todos ellos como un extravagante octópodo que calibrara por la palpación las carnes de su presa, ensayando sobre él una simultánea “imposición de manos” que le augurara el business success, aspiración que en el genio yanqui corresponde a la intimidad con las huríes que el devoto ismaelita espera para cuando deje este mundo. Y es que, en comparación con las guerras urdidas por los EEUU en los últimos treinta o cuarenta años, impresiona en ésta la densidad de mensajes religiosos que la acompañan. Se diría que, ante la perspectiva de un choque con un enemigo finalmente capaz de ofrecer pelea, la factibilidad de que el conflicto suscite las más tenebrosas consecuencias a escala orbital logra invitar incluso a las más profanas mientes a considerar siquiera por un momento las postrimerías del hombre.

Impresiona, entonces, la confluencia de expectativas escatológicas de tan variada ralea, al paso que no es de extrañar la rupestre circunspección de la Jerarquía y las conciencias católicas a este respecto. “Se hizo en el cielo un silencio como de media hora”, y es un silencio que viene sepultando en el Leteo todas las verdades necesarias para la salvación, incluidos –es obvio- los novísimos de la persona y de la historia. Porque el escamoteo de la noción de finalidad es el opio que mantiene la ilusión de un mundo eterno y una materia increada, convicciones tácitas pero refrendadas por las muchedumbres cautivas a cada minuto de su existencia, necesarias al establecimiento de un «reino de este mundo» en toda la vigencia del término. Papas y obispos de la sedicente «Iglesia conciliar» son como el enfermero que surte la morfina al moribundo al tiempo que glorifican sin respiro al orbe sublunar: todo se les antoja inmanencia, desesperada inmanencia. El Gran Inquisidor de la conocida fábula de Dostoievski es su anticipación más exacta, espeluznante en la coincidencia de sus rasgos: el clérigo incrédulo rebajado a “agente de pastoral” y a distribuidor de viandas terrenas, receloso de la sola posibilidad que sea Cristo quien reine, y no él.

La Iglesia calla, y es por esto que personajes los más siniestros se apoderan de piezas de su tesoro de doctrina y las reformulan, conforme a aquella directriz de los alquimistas del «solve et coagula». Y se da la impredecible sazón de que un Lindsay Graham, senador aliado de Trump, diga sin ambages que ésta contra Irán es una “guerra de religión”, aplicándole el nombre con que la historia designa a aquellas contiendas europeas entre católicos y protestantes que culminaron con la ominosa Paz de Westfalia en 1648, sello de la definitiva ruptura de la unidad religiosa en Occidente. O que el Secretario de Defensa yanqui, Pete Hegseth, exhiba su colección de tatuajes, entre los cuales la Cruz de Jerusalén y la expresión Deus vult con la que Urbano II convocó a la primera Cruzada. O que un magnate filántropo como Peter Thiel, metido a tecno-teólogo, se presente en Roma para ofrecer un ciclo de charlas sobre el Anticristo, identificando a éste con todo aquel que se oponga al progreso ciego y automático, a la tecnolatría y al control del mundo por medio de algoritmos.

En su opúsculo exegético escrito hacia 1885/6 y titulado «El drama del fin de los tiempos», el benedictino padre Emmanuel André, con la apostasía de las naciones en paladina expansión, pudo estampar estas admirables palabras: «en la superficie de la historia, el ojo capta trastornos de imperios, civilizaciones que se hacen y que se deshacen. Por debajo, la fe nos hace seguir el gran antagonismo entre Satán y Nuestro Señor; ella nos hace asistir a las astucias y a las violencias de que se vale el Espíritu inmundo para entrar a la casa de la que Jesucristo lo expulsó. Al fin, volverá a entrar en ella y querrá eliminar de ella a Nuestro Señor. Entonces se rasgarán los velos, lo sobrenatural se manifestará por todas partes; no habrá ya política propiamente dicha, sino que se desarrollará un drama exclusivamente religioso que abarcará a todo el universo».

En una época inédita hasta hoy, cuyo almacén de armas permitiría aniquilar países enteros en un tris e incluso hacer peligrar la mera existencia humana sobre la faz de la tierra, se diría que la extraordinaria floración de alusiones pretendidamente pías o manifiestamente impías, pero siempre con referencia expresa a la religión, anticipa muy de cerca esta resolución eminentemente religiosa de la historia. El tenor del poder destructivo mancomunado con las consignas religiosas de una y otra parte autoriza a suponerlo así, y es probable que mientras dure esta guerra se siga lubricando a los proyectiles con versículos bíblicos y coránicos. Más aún: es de suponer que con el previsible colapso energético global los tres últimos jinetes mentados por el Apocalipsis (tan citados todos los cuatro como un lugar común no comprendido), guerra, hambre y muerte salgan a galopar a sus anchas para mayor agonía del mundo. Sic transit gloria mundi. La alucinante destrucción, suicida, de los recursos acopiados por décadas y el destino terreno de la entera estirpe humana puesto en manos de tahúres son la conclusión obligada de un eón largamente anticipado en las Escrituras bajo el sello de la prevaricación.

La distopía está en curso: vaya si habrá quedado evidenciado en la reciente “pandemia”, con su batería de imposiciones públicas irracionales y la mansa conformidad con las mismas de parte de una población humana autoasumida como de hamsters. La guerra y el general quebranto debían ser su capítulo siguiente. La religión -siquiera en sus manifestaciones más pervertidas: la falsa religión- será quien cuaje en una causa insuperable el movimiento final hacia el abismo. Lo dijo sin ruborizarse el criminal de Netanyahu, y lo evidencia con las sucesivas masacres por él decretadas: «la historia demuestra que Jesucristo no tiene ninguna ventaja sobre Gengis Khan. Porque si eres lo suficientemente fuerte, despiadado y poderoso, el mal vencerá al bien». Casi una glosa de aquel pasaje de la profecía de Daniel (11,36 ss.) en que se nos presenta al supremo perseguidor como a sujeto arrogante “que hablará con insolencia contra el Dios de los dioses (…) y honrará a Maozim, el dios de las fortalezas”.