EL VALOR PEDAGÓGICO DEL REALISMO
Ser como dioses, ¡la tentación no es nueva! Un mundo, mi mundo, para percibir; y que toda realidad se ajuste a mi entendimiento perceptivo. Como toda estafa o mentira -que eso es, y no otra cosa- empeora en su planteo con el transcurso de los días.
Pedro Calderón
5/11/20269 min read
En tiempos tan oscuros, no hay realidad que se salve de ser puesta en el quirófano de la duda. No ya para una operación mayéutica de buena voluntad, sino por el morboso y descarado placer de dudar, por la deportiva polémica que lo “dudoso” habilita, y por el embriagante poder constructivista que adquieren la voluntad y la opinión del dudante sobre todo lo puesto en duda. Pensar, decir, y que las cosas así sean por virtud de decirlo; contemplarlas, y decir uno si lo así hecho es bueno… Ser como dioses, ¡la tentación no es nueva! Un mundo, mi mundo, para percibir; y que toda realidad se ajuste a mi entendimiento perceptivo. Como toda estafa o mentira -que eso es, y no otra cosa- empeora en su planteo con el transcurso de los días. Ayer el campo de acción pretendido para ese constructivismo era el de las ideologías, los sistemas de gobierno, la naturaleza humana, la religión y otras entidades -verdaderas o falsas, abstractas o concretas, todas mezcladas a lo cambalache- que el mundo amontonaba bajo el rótulo de “ideas” o “construcciones del pensamiento o espíritu”. Pero la maña se profundiza, y hoy el constructivismo de la voluntad humana “perceptiva” no reconoce límites ni ante la presencia y ajenidad de la realidad física. Conocemos todos algún ejemplo, por desgracia. Podemos ahorrar cita de casos. Hoy el hombre no sabe, con certeza y tranquilidad, si es macho o hembra, o si acaso es perro o gato. Depende su percepción del día.
Ante esa “maña” intelectiva que nuestro tiempo sufre, el diálogo mayéutico se vuelve particularmente estéril. Es cierto, el hombre tiene un conocimiento sucesivo y comprende lo conocido como a tropezones, por repetición de experimento y por “conversación” de lo conocido con su prójimo. Perdonen el simplismo gnoseológico, pero no hay tiempo para mayor exposición. Me interesa la idea como premisa. Pero si su prójimo es idiota o estúpido -en el original sentido de la etiqueta- en el diálogo no habrá mucha ganancia para el conocimiento.
Es por tal “ambiente intelectual” presente en mi época y mundo, que nunca me sentí personalmente atraído por la idea de escribir o hablar en público, presentando mi pensamiento a la discusión de “grupos” más o menos extensos. Siempre preferí guardar el recogimiento intelectual en mi pequeña esfera doméstica, buscando maestros en libros de autores hoy difuntos, sin la velocidad y el vértigo del trato de “actualidades”. Ya saben, y al decir de Quevedo, “abro un libro y converso con los muertos”. Me parecen un prójimo más sano que aquél que conmigo co-respira. Advierto que es muy poco lo que sé, y lo que puedo decir con verdad e instrucción suficiente. Lo digo sin modestia falsa, sabiendo incluso que es y será siempre poco mi saber: por falta de capacidad, de oficio y de tiempo disponible. Hay que sudar y conseguir pan para una ya no pequeña familia, y el mundo de hoy se encarga de que esa aventura -de la cual no me arrepiento, pues hasta ahora es el único resultado concreto en mi haber- complique todo brote de vida intelectual propiamente dicha y suficientemente ejercida. Pero en fin, ese poco saber para mí lo guardaba, y lo conversaba en la intimidad con los muy míos. Hasta el cansancio, no mío sino de ellos.
Pero algunos tíos y curas cercanos -a quienes (advierto para su tranquilidad) considero de aquellos “míos” aptos para el diálogo- últimamente insisten en que ya no es prudente ese retiro y silencio intelectual que había adoptado. Dicen que es momento de profesar y manifestar con claridad lo poco conocido y entendido. Que la flor no existe para recrearse consigo misma, sino para morir criando semilla; que con el poco color que ella aporte, Dios se encargará de vestir canteros si así dispone y quiere. Verán que bien saben ellos que no es mucho lo que puedo aportar, pero dicen que es mejor decirlo. A todos ellos debo obediencia -por natura y sobrenatura- y me han convencido. Les quedará a ellos juzgar si al final sirve, a mí me toca hablar si a decir me llaman.
En los siguientes escritos -si es que llegan a existir, y no me descartan antes- consultaré, a quienes me incentivaron a escribir, acerca de los asuntos que crean útiles de abordar. En éste primero, y ante la epidemia de “percepción constructiva de realidades” que parecen sufrir los intelectos, incapaces de afirmar una verdad que no dependa del sujeto afirmante, prefiero hacer pie sobre un punto firme. Un punto que permita ordenar las ideas, explicar bien las razones y evitar los sofismas que dejen a uno ahogado por la dispersión de coyunturas. Quiero comenzar -para evitar irme “por las ramas”- por imponerme y respetar el método que utilizo para contemplar y considerar las cosas. Método que no es novedoso en lo más mínimo, sino que viene heredado de la poca lectura que uno haya podido hacer de Santo Tomás de Aquino, y de las lecciones de mi maestro en el tomismo, el Rvdo. Padre Álvaro Calderón (él gran y esforzado maestro, yo pobre y bruto alumno).
Es que, ante un asunto cualquiera que se contemple -y sobre todo si es complejo-, uno debe proceder de lo que allí encuentre como más simple, claro y evidente “quad nos”, para luego ir desde allí a lo complejo, oscuro y compuesto. Dentro de la categoría de los “puntos de partida” válidos para nuestro pensamiento, ingresan de pleno derecho las verdades enseñadas en la Revelación o el Magisterio de la Iglesia, y las verdades enseñadas por maestros probos que ya conforman tradición; todas ellas no siempre por claras y evidentes, pero suplementado y habilitado su uso por la autoridad de quien las enseña. Parece innecesario afirmar esta regla, por obvia. Pero revísese cada cual si al discutir livianamente algunos asuntos no pasa -apurado- a querer opinar sobre la solución final, trabajando con premisas y conceptos complejísimos (verdaderos o falsos, pero complejos y no siempre muy bien entendidos por las partes discursivas) que no reposan en más autoridad que el “yo opino”.
Luego, y como segunda puntada en el método para largarse a navegar entre la niebla de la duda, es esencial el haberse demorado en construir un sano y bien entendido realismo. Ello sólo se logra en el tomismo, y eso no porque yo, el R.P. Álvaro Calderón o Santo Tomás lo diga, sino porque así quiso Dios hacer a las cosas, y Santo Tomás mejor que nadie entendió y explicó para nosotros. Ese realismo es la piedra angular en la cual -según mi poco entender- el vértigo actual del pensamiento “determinante y constructor de realidades” encuentra remedio. El “antídoto” para evitar que todo conocimiento no sea más que opinión subjetiva. La clave de salida para el laberinto de sistema actual que permite sujetar a “debate” toda realidad y anula toda posibilidad de verdad en lo conocido. Tal remedio está en las cosas, y en el modo en que el hombre conoce a las mismas. Todo por autoría, providencia y gracia de Dios.
Comprender que las cosas existen, con un modo de ser determinado, y con absoluta independencia a mi percepción, conocimiento y consentimiento, es ya un gran paso. Puede que, a Dios gracias, nosotros no caigamos en un subjetivismo tan craso. Pero no estemos tan seguros: he visto a más de un alumno dudar de cómo responder al clásico problema de si acaso “un árbol cayendo en soledad y sin oyentes hace ruido”.
Es común no dimensionar el gran daño que hizo en los espíritus el “Nominalismo”. Si hoy nosotros trasladamos la equivocidad propia del leguaje hacia la cosa conocida, hasta sentir que es ella la confusa y pasible de diversos sentidos, es porque somos nominalistas y no realistas. No sabemos distinguir a la cosa conocida, del concepto que desde ella y por ella en nuestro intelecto se forma; tampoco distinguimos bien ese concepto -unívoco-, de la palabra que eventualmente éste o aquél hombre utilice para designarlo en la comunicación. Ya no es común que nos demoremos en volver sobre nuestro pensamiento, para considerar el proceso por el cual conocimos. Ya no podemos distinguir unívocos, equívocos y análogos. Y por todo ello, hacemos de la analogía -con su amplísimo y necesario uso, por lo imperfecto y sucesivo que tiene el conocimiento humano- una poesía libre , llena de abusos y de pésima calidad, que hoy llamamos “percepción del mundo”.
Hemos olvidado la humildad intelectual que suponía entender que es la cosa conocida la que “mide y forma” al intelecto que la conoce; es el intelecto el que se “acomoda” y se “con-forma” a la cosa, y no a la inversa. Es la realidad de la cosa conocida -que está fuera del que conoce y de él no depende- la que determinará la “marca” que en mi intelecto quede al impactar ella mis sentidos; tal como sucede en el barro y sus huellas, formadas según la cuña del pie del animal que pisó el sendero. La huella no es el pie mismo, que ya se ha ido y más allá de ella existe; pero tampoco su forma es antojadiza, sino que queda limitada y definida en su ser por la forma del pie que imprimió la misma. Así la realidad extra-mental de las cosas limita y forma mi intelecto al conocer, y en la aprehensión de las cosas mi alma “un poco se hace todas las cosas conocidas” (Aristóteles). El concepto que yo pueda formarme de la manzana depende de todas las manzanas por mí conocidas, de mi capacidad para penetrar en esa “forma de ser común” que entre todos los ejemplares tienen, y el descarte de sus características accidentales. Pero en todo ese proceso, la manzana sigue allí, existiendo por fuera mío y con el mismo modo de ser por Otro -y no por mí- decidido. Será trabajo arduo llegar a definir -con exactitud y buena penetración de su esencia- qué es una manzana; pero debo tener la tranquilidad de que la manzana estará siempre allí para que a ella acuda, la conozca, confronte con ella lo ya conocido y ratifique o rectifique lo anteriormente entendido.
Hemos olvidado también que la fuerza de una afirmación verdadera está en ser un conocimiento “adecuado” a la forma de ser de la cosa conocida, hecho “a su imagen”, y que al afirmarse lleva “de algún modo” la cosa a cuestas para prueba ante los que pretendan contradecirla. Debemos entender -y recordar a nuestros hijos- que el concepto no es la cosa conocida, pero tampoco un simple “nombre” sin raíz en la realidad conocida; entender que gran parte de nuestra “imagen y semejanza” con el Intelecto Divino estriba en esa capacidad de nuestra alma para captar la esencia en lo conocido. Debemos mantener sano el puente entre el concepto y la realidad conocida, defendiendo la integridad y uso de tal puente ante los ataques del enemigo.
Lo dicho puede parecer poca cosa, por evidente. Pero examínese cada uno con sinceridad, y notará que en concreto no conoce y piensa con total obediencia al realismo, razonando con infección de nominalismo. Naturalmente, la extensión del presente artículo no permite desarrollar el contenido de las lecciones necesarias para corregir nuestro pensamiento. Ni tan siquiera agotar el planteo de un programa de estudio para evitar la enfermedad del nominalismo. Pero quizá si baste para llamar su atención sobre el punto.
A ustedes hablo, padres de niños que están formando su intelecto, conociendo la realidad con la inocencia prestada por el bautismo. No dejen de formar a su hijo en el realismo, desde el inicio, para tratar de inmunizarlo en contra del nominalismo. Quizá no parezca tarea urgente y esencial de su oficio, habiendo tanto fuego, destrucción y peligro por todas partes. Pero creedme: si no sabe pensar bien, mal podrá defenderse del enemigo. ¡Pero claro! Eso implica que ustedes también lo entiendan, y no hay tiempo en éste escrito para enseñarlo. Les recomiendo, para una formación básica (pero no fácil) en ello, la lectura del libro “Los umbrales de la filosofía” del Rvdo. Padre Álvaro Calderón.
No pretendo que el mal aquí señalado sea el origen de todos los males, ni su remedio la solución a todo conflicto. Pero sí sostengo que educarnos en el realismo no es un asunto a posponer, ni algo que podamos tener por ya cumplido. Somos nominalistas, y por ello -al educar- continuamos intoxicando a nuestros hijos. Como ya dije, no soy un tomista especializado; pero lo poco estudiado ha sido para lograr un tomismo “vivo y no académico” al modo en que Monseñor Lefebvre insistía para educar a sus hijos seminaristas. No es posible aquí mayor despliegue. Tan solo espero que tomemos nota del problema, y vigilemos esa enfermedad del nominalismo en nuestros hijos.
Caso contrario, seguiremos criando terneros que no se animan a afirmar si esto es agua, aquello pasto, y si acaso para decirlo no necesitan permiso. Dirán, después de todo, que eso depende de lo que perciba el vecino. ¡Y Dios nos guarde de nuestra cría, a merced del criterio del vecino!
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