DEL SEMINATURALISMO AL ANTICLERICALISMO
El pensamiento católico tradicional, nos guste o no, ya se encuentra arrinconado en catacumbas que no dudo serán gloriosas, pero con algunas reacciones dentro del mismo que “quieren salir afuera” (muy limitadas a los ámbitos universitarios) y que podríamos llamar “semi naturalistas”.
Dardo Juan Calderón
4/23/202616 min read


Han sido muchos los autores que han hablado de la muerte de la inteligencia en la modernidad, ocurrida cuando el hombre llevado por el espíritu economicista dejó de contemplar lo real para descubrir en su interior un orden inteligente e inteligible que lo ponía en contacto con un Dios. De dicho orden surgía la medida de su obrar ético y político dentro de un cosmos que, al develar su origen divino, lo cubría de sentido trascendente y lo proyectaba a la eternidad.
Por el contrario, el hombre moderno se volcó a la construcción de “modelos” ideológicos que le permitieron acceder de manera práctica a la satisfacción de sus “necesidades” (deseos y caprichos cada vez más materiales) de los que el anterior realismo lo prevenía en su enfrentamiento contra el sofista. Estos modelos fueron ocupando el intelecto del hombre en lo que en principio creyó responder a una ciencia preñada de filantrópico humanismo, pero que terminó en la consideración de sus más bajas y egoístas apetencias. Placer y confort son los motores de lo que mal podemos llamar hoy espíritu humano y por los cuales está decidido a masacrar media humanidad en una extraña filantropía.
No queremos distraernos en las reacciones que surgieron contra el espíritu economicista en el pasado siglo, que las hubo, siempre parciales, que fueran aplastadas con metralla por la máquina de la producción. Pero ya, sólo queda en su contra un odio fanático que es más envidia que oposición.
EL SEMINATURALISMO
El pensamiento católico tradicional, nos guste o no, ya se encuentra arrinconado en catacumbas que no dudo serán gloriosas, pero con algunas reacciones dentro del mismo que “quieren salir afuera” (muy limitadas a los ámbitos universitarios) y que podríamos llamar “semi naturalistas”. Son los que en tren de sobrevivir como la caña de Lafontaine (sin el honor del roble de Anouilh), pretenden rescatar aquella antigua observación racional de lo real para instalar al hombre en un “orden natural” a la medida honesta, pero reducida, de sus intelectos. La reducción consiste en que aquella vieja pretensión muy griega de que la consideración del orden de lo creado lo conecte con el SER, no podía contar con una “revisión” de lo real a través de la “Revelación” de ese Ser, que haga cobrar un verdadero sentido trascendente para el alma humana, es decir, el VERDADERO SENTIDO de lo real, punto al que los antiguos no pudieron acceder, pero que en su búsqueda por lo menos desplegaba una nostalgia de Dios que engrandecía su labor.
Para males, estos católicos hodiernos cierran el círculo de la inteligencia en este primer momento de la consideración del orden natural, dejando al hombre en los campos de una meditación clausa en lo que alcanza a ver la inteligencia. En una especie de narcicismo intelectual que se solaza en la delectación de sus propias luces. No niego que tengan una fe, un tanto vergonzante frente al mundo intelectual moderno donde no quieren aparecer “dando catecismo”, y que una vez dejada a salvo de la vista divina su tarea – que la dejaría en muy poco- no busquen por una vía diferente, paralela y distante, por un tránsito estrictamente religioso, la ascensión a una comunicación con Dios en la que tiene poco que ver la inteligencia.
De manera llamativa, siendo que Cristo vino al hombre dando el regalo que tanto rebuscaban y deseaban aquellos griegos que iban de lo real al Ser, no se permiten aquel segundo paso que consiste en la “revisión” que de todo lo andado se haga ahora desde la Revelación del Ser a lo real, como exacta medida del juicio de verdad que hace la razón. Revisión que resulta imprescindible para la “renovación” de la inteligencia de las cosas y que fuera la tarea de los grandes Doctores de la Iglesia, del que fuera cumbre la obra teológica de Santo Tomás de Aquino.
Estos seminaturalistas, menos que griegos en el ágora (que más allá de palestra política ya tenía algo de Templo), quieren quedarse en el camino trunco de la inteligencia humana, satisfechos con su propio resultado por ser de ellos y porque consideran de ellos esa jurisdicción política, a la que le adjudican un fin propio terrenal y humano, un “bien común” natural en el que podemos prescindir del auxilio de lo sobrenatural, convencidos que luego concurren al Templo a dar a Dios lo que es de Dios, pero a pedir que Dios no se inmiscuya en lo que es de ellos. Ni siquiera “nostalgia”, ya “escamoteo” de Dios.
EL ANTICLERICALISMO
Cierto es que no tendrían tanto problema con Dios si este no hubiera puesto de por medio a los curas, a los cuales parece que hay que ponerles límites. Resulta que la aparición del sacerdote en las reflexiones de la filosofía política o en la ius filosofía, introduce por su sola condición de tales un elemento distorsionante que, no es tanto la teología imponiendo sus verdades reveladas como “límite al juego de la inteligencia” filosofante, porque si no hay cura esgrimiéndola esta se queda muy tranquila en los libros. Juzgan que los sacerdotes “sobredimensionan” el problema al pretender, desde el celo apostólico (para nada objetable en su quicio, agregan), “salvar almas” desde lo político o lo jurídico, cuando no es de eso de lo que se trata en estas ciencias y en estas actividades.
Se trata, dicen, de una “vida buena natural” que si se exagera en su proyección se haría “imposible”. La política es el “arte de lo posible”, nos dirán, y salvar almas salta la dimensión humana. Dejar que el clero introduzca esta desproporción en la ciencia y en la acción práctica sería un inaceptable “clericalismo”. El sacerdote se convierte en un incómodo intruso que no deja filosofar ni hacer política si uno no se propone a la vez ser santo y hacer santos (de hecho, ignoran que tanto Sócrates como Platón, salvando distancias, decían lo mismo que estos curas).
Hace poco estos caballeros hicieron un Congreso o Simposio en España, ¡atacando el clericalismo! Es decir, previniendo a sus seguidores contra la invasión del área civil por la acción del clero. ¡Cómo si tal peligro existiera en nuestros días! Días en que el clero católico ha defeccionado de toda idea de Reinado de Jesucristo en la sociedad y el Vaticano ha renunciado a cualquier tipo de jurisdicción sobre las almas, reduciéndose a la práctica de la seducción democratista.
¿De quienes se previenen? Calculo que sólo quedan los pobres sacerdotes de la FSSPX pretendiendo “salvar almas” y reclamando para la Iglesia una jurisdicción de gobierno sobre los pocos fieles que quedan dispuestos a aceptarla y, sin duda de ellos es de quienes quieren huir estos señores. En fin, es un tanto absurdo, como todo lo de ellos. Quizá consista simplemente en tomar distancia de la futuras Consagraciones por resultarles las mismas políticamente incorrectas y estar asustados.
Cierto es que la forma cristiana, una vez que Dios se nos reveló en su Hijo, es marchar nuestra inteligencia y nuestro accionar, junto a la Revelación y dentro del ámbito de la gracia, en una intimidad de “compatriotas” de su Reino (y no de perimidas patrias terrenas), intimidad que recompone el exilio de nuestra naturaleza caída. Lejos de constituir la revelación y la gracia un límite a la aventura del pensamiento, como en parte lo suponen y de lo que se avergüenzan, estas lo proyectan a lo trascendente y a lo verdaderamente humano. Y mucho menos la revelación y la gracia “desquician” la reflexión y la práctica política, como solapadamente aseguran, sino que en ese ámbito es dónde están “en su casa”.
Es muy probable que este tipo de actitud intelectual además de surgir del orgullo de “hacer” algo sin Dios (ellos dirán “¡no! ¡es sin los curas!” por no comprender que es un “paquete” así dispuesto por el mismo Dios, justamente puesto para no soslayar el recurso a su gracia) es, sin duda, soplo del demonio; pero surge también esta actitud por respeto del mundo (en especial del académico), por cuanto este sí pone un límite rígido (lo que achacaban con maldad a la Iglesia) al esfuerzo intelectual, tolerando a veces la consideración dentro de lo natural, pero prohibiendo ferozmente toda intromisión de lo sobrenatural en la reflexión, y estos señores quieren permanecer en los foros universitarios escamoteando a Cristo y su Revelación, la que confesarán como una actividad “extracurricular”.
Decía Hilaire Belloc que “Todo anticlericalismo termina siendo anticatolicismo” (fue el punto inicial de Lutero y de todas la herejías protestantes), porque lo que se denuncia no es una actividad extravagante por parte del clero como carga neghativa, sino que en realidad se sostiene positivamente y sin más, la necesidad de un estado neutro y no católico, convencidos “de que la vida católica no es normal para una sociedad, a menos que la moral y la doctrina católica sean allí supremas”. Y como ya no existe en ningún lado del mundo una sociedad así, queda consagrada por tanto la neutralidad como regla general. El concepto subrayado de Belloc era una buena excusa en la España Católica – y más atrás en Francia - durante un tiempo en que la catolicidad era la tradición de un pueblo y no hacía falta recordar que fuera Ley Divina, con lo cual se implantaba que la “catolicidad” no sea de “necesidad universal” (contradicción en los términos), sino una condición histórica de algunas naciones. El cultivo del “hispanismo católico” como si no fuera ya un espíritu muerto, es la excusa perfecta para defeccionar del principio teológico, pero conservando la defensa de una catolicidad en fundamentos históricos de tradiciones nacionales: Cristo es Rey, donde puede y no donde quiere.
EL ENVEJECIMIENTO DE LA INTELIGENCIA
El resultado de todo este seminaturalismo y anticlericalismo es el envejecimiento de la inteligencia, en especial la inteligencia católica, la que salvo honrosas excepciones hace un siglo que encalló en la Universidad (en la laica y peor en la católica) en una desanimada doctrina de manual del orden natural que reniega de lo teológico. Ya Cristo no “renueva” todas las cosas, hay un sector al que no lo dejamos entrar y cuando hacemos eso, ese sector envejece irremediablemente como envejece todo lo humano.
Es nítido ver que los sectores intelectuales católicos que han tomado esta idea seminaturalista del “doble fin” (el bien común terrenal para lo político y la salvación para el religioso), cuando desde sus tediosos mamotretos y mezquinos articulitos han querido salir a una empresa política medianamente católica, han terminado por optar en dos caminos sin salida. Uno, el entrismo hacia empresas laicas y hasta anticristianas (el partidismo democrático, por ejemplo, que diluye el aporte católico en la defensa de males menores en los que siempre fracasa por el contagio de la ambigüedad ideológica y moral, terminando lo sobrenatural en algo emotivo para un cierto sector de la masa). Recurriendo al artificio de fingir cristianos a algunos de los inmundos personajes de la puja electoral (o a sus amantes con mejor pronóstico) por no tener el coraje de ser francos como aquellos viejos y furiosos irlandeses que decían “Nosotros tomaremos nuestra religión de Roma, pero nuestra política del infierno”.
O retrocediendo en el cultivo de las más absurdas y anacrónicas empresas a las que no podemos tildar de “malas”, sino de muertas, haciendo de la tarea intelectual católica una especie de folclore cultivado por grupos de nostálgicos. Ambas tendencias que nunca convencen del todo a los propios si están abocados a las realidades concretas y entrañables (la familia, el oficio y el terruño), ya sea porque ellos no las tienen o porque las han abandonado (solterones y empleados públicos suelen liderar los grupos).
El enemigo nada teme de estas actividades, ya sea por lo absurdo en un caso, o por lo cómplice en el anterior. Pero cuidado, ninguna deja de llevar su cuota de maldad al renegar de los caminos que la Gran Novedad de Cristo les marca a quienes se dejan penetrar por la aventura de la inteligencia renovada por la gracia, siempre desbordante de entusiasmo por la seguridad de la victoria que da la Esperanza y que, aunque parezca por momentos una actividad catacúmbica y minoritaria, rápidamente incomoda al enemigo poderoso que se retuerce de rabia y jura aplastarla. Y vean si no la enconada reacción frente al minúsculo grupo del tradicionalismo católico; rechazo rabioso y amenazante que hoy se lanza desde varias usinas religiosas y políticas contra la renovación del sacerdocio católico iniciada por Mons. Marcel Lefebvre y a la que estos personajes se suman con su absurda crítica al “clericalismo”.
Cuando la actividad humana prescinde de la iluminación de la gracia se sujeta al tiempo humano, queda adherida a la caducidad y determinación del tiempo, hay en ella un pasado que nunca queda del todo atrás, porque condiciona el presente y el futuro y lo sujeta a la ley del tiempo humano, condenándolo a la vejez y a la indefectible muerte. La ley de la causalidad natural se hace imposible de cambiar, no se puede “nacer de nuevo” como le pide Cristo a Nicodemo y este le contesta ¿con sorna? bajo la sombra del Templo, “¿Tendré que volver al vientre de mi madre?”.
La tarea de estos intelectuales seminaturalistas a los que nos referimos lleva esa pesada carga, los nuevos desafíos no pueden ser enfrentados convenientemente, sus obras y sus vidas los han dejado atados a sus puestas reducidas y sus reflexiones envejecen irremediablemente y aunque buscan imposibles “nuevos paradigmas”, ya no pueden torcer los argumentos que los hicieran lo que son, pues todo cambio sería negarse a sí mismos. Esto sucede porque el tribunal de juicio de lo que pensaron son ellos mismos y, frente a este tribunal, a la obra humana sólo le queda la opción de la estúpida vanidad o la auto recriminación insalvable. Es notable que sus obras nunca los trascienden fuera de los círculos de sus “capillas” y allí por muy poco tiempo, ya que se hacen prontamente viejas y nada dicen a los que siguen, llenándose de polvo en los anaqueles de algún “Instituto”. Este Congreso contra el “clericalismo” es una patética muestra de haber quedado fuera de toda problemática real (¡uno de los disertantes juega a ser Virrey del Rio de la Plata!).
LA NECESIDAD DEL ARREPENTIMIENTO
En toda actividad humana, para que sea perdurable, debe darse esta “renovación” permanente, que no es la de la novedad que trae el mundo, que nace vieja, sino la que trae la gracia. Todos volveremos a leer a Chesterton, pero multitud de catedráticos sedicentes católicos, homenajeados y galardonados en vida, quedarán en el olvido a pocos pasos de su entierro. Y el secreto de este andar en la gracia, para nosotros los hombres, consiste en que toda actividad no sea puesta al juicio fatal de nuestras capacidades, sino al juicio de Dios.
Claro - nos preguntamos - bajo esta lupa … ¿qué obra quedaría a salvo? Pues ninguna. Nadie puede quedar satisfecho con su obra cuando sobre ella se pone tan inmenso Juez, pero a la vez, paradójicamente, nadie quedará reprochado sin solución. Recordemos la anécdota de Santo Tomás en sus últimos tiempos, era paja todo lo escrito y pensado. ¿Se arrepintió de su obra? Sí, sin duda. Pero hay que entender en qué consiste el arrepentimiento cristiano (al que la sola palabra no alcanza a definirlo) que no dejaba su obra en nada. Porque no era el reconocimiento de un error humano que lo descalificaba como humano, sino de una deficiencia frente a lo divino que lo elevaba como humano, era una actitud que sólo la humildad de quien piensa frente a Dios puede concebir y ese dolor rehacía su obra, le daba una nueva luz, la resignificaba, la enriquecía, la hacía nacer de nuevo. Era la conclusión perfecta de una teología.
Así como el arrepentimiento es la fuerza que nos hace nacer de nuevo al ponernos bajo el juicio de Dios y recibir de Él el perdón, porque no deja el pasado petrificado, no deja la cadena causal natural intacta que nos empuja con la fuerza que veníamos llevando, dejando en nuestros hombros el peso del error y del pecado sobre el presente y sobre el futuro, sino que rehace la vida. No consiste ni siquiera, como se suele reducir al “propósito de enmienda”, en la propuesta de una rectificación futura, sino también pasada, en una rectificación total, un nacer de nuevo, no desde el vientre de nuestras madres, sino desde el Vientre de Nuestra Madre.
No puede el juicio de los hombres rectificar nada de lo que somos, sólo puede adularnos o rechazarnos y es por ello que somos tan refractarios a ese juicio, por ello tan esquivos al arrepentimiento sobre las cosas humanas (y sabiamente dice el refrán castellano “sostenella y no enmendalla”). Quien piensa, escribe o actúa en el plano humano, prescindiendo del juicio de Dios en esta tarea, se cristaliza en el error o en el desmedro. Vean los numerosos ejemplos que la situación actual ha planteado a tantos intelectuales “seminaturalistas” que se ven imposibilitados de reconocer sus desvaríos: sería aceptar su error frente a la inteligencia humana, ante los hombres, desmerecer su obra y por ello tirar toda su trayectoria. Y es por ello que suelen ser feroces y rabiosos ante, no digo la crítica, sino sólo ante el consejo. Espumarrajos de rabia salen de sus bocas contra quienes pretenden corregir sus obras y hasta hacen hablar a los muertos cuando no les alcanzan sus “atributos” para hacerlo personalmente. Y es lógico, es entendible, es la condición reducida de sus obras la que les pone en semejante encrucijada. Santo Tomás podía no sólo aceptarlo y reconocerlo, sino solucionarlo. Solucionarlo en una proyección trascendente de su obra desde la santidad de su vida, que la envolvía hacia atrás, con un solo acto, como el del Buen Ladrón. Judas pensó una idea humana para ese Cristo y cuando vio su error tuvo que suicidarse. No se vuelve del error ante los hombres, allí solo queda el engaño o la desilusión. Por ello los pensadores modernos rechazaban la sola idea del arrepentimiento. Nietzche decía que “el arrepentimiento añade una estupidez a la primera” y Spinoza “el mal hecho no puede deshacerse mediante el arrepentimiento, que no sería más que el insensato intento de hacer que no haya ocurrido lo que ocurrió”. El hombre moderno “capitaliza” el mal, ante la imposibilidad de corregirlo lo suma y el católico seminaturalista, al cerrar la entrada a Dios en sus consideraciones dejándolo en la sola calidad ontológica de “Ser”, pero no de Padre de las naciones, excluye la condición sobrenatural que se necesita para salir del error.
Lo que ejerce una férrea causalidad sobre el futuro, al revés de lo que creen, es la culpa de la que no nos arrepentimos. Es la culpa de la que sí nos arrepentimos, la que libera al hombre de la tiranía del tiempo. Esta visión naturalista de la obra humana, en especial la intelectual y la política, produce la “fijación” de los errores en hombres de los que uno esperaría una reacción rectificatoria que imponen los hechos. La evidente deriva de la doctrina católica producida desde el Concilio, con las consiguientes consecuencias evidentísimas sobre la fe y la moral de los fieles, sobre las sociedades y las naciones católicas, hacen absolutamente necesario un “ajuste” sobre muchas de las ideas que veníamos sosteniendo. Ajuste que hemos hecho muchos de nosotros y que seguimos haciendo.
Todo lo que se piensa y se actúa sujeto al juicio divino puede ser renovado y el proceso lejos de evidenciar el error que las circunstancias humanas implican indefectiblemente, resalta el acierto de su permanente voluntad de rectificación frente a Dios. La vida del cristiano se juzga desde su muerte hacia atrás y las obras cristianas desde el final hacia el principio, en las que si ha trabajado este sometimiento al juicio de Dios, hasta los errores anuncian una buena nueva. Traigo a mi memoria el caso de un Sacerdote ya entrado en años, que tras larguísimos años en la deriva conciliar vino a descubrir su error y, puesto a enmendarlo, puso en evidencia con su talante que su actitud no era “desde ahora en más” (propuesta seminaturalista insuficiente para la redención), era desde el principio de su vida que la atracción de la Verdad lo venía empujando.
“No es la realidad, sino el sentido y el valor de nuestra vida lo que depende de nuestra libre esfera de poder. No sólo disponemos de nuestro futuro: no hay parte alguna de nuestra vida pasada que no pueda ser alterada al insertarse como nuevo sentido parcial en el sentido total de nuestra vida. (Max Scheler) Toda experiencia de nuestro pasado sigue pendiente de alcanzar su pleno valor y sentido hasta que haya dado de sí toda su posible eficacia. De lo contrario, seríamos irredentos, seríamos puestos en una balanza que jamás se equilibraría.
Enfrentamos tiempos novedosos que exigen no digo cambios, como dice el revolucionario, pero sí renovaciones, renovaciones totales que nos lanzarán a un camino inédito y que chocarán contra todas nuestras “estructuras”, nuestras ideas morales, políticas, jurídicas y hasta en las ciencias más materiales; que nos pondrán en contradicción con gran parte de nosotros mismos, de nuestra historia personal y social, con nuestras familias, costumbres y profesiones, que exigirán una “juventud” aún en los más viejos, como la que se reclama en el Introito de la Misa. Tiempos en que la inteligencia deberá abandonar la vieja inteligencia supuestamente católica que ha muerto en los manuales, en los códigos y que servían para permanecer en el estatus quo del conservadurismo que ha sido rebasado.
Tendremos que abrevar en aquellas obras que traen la verdadera tradición preñada de gracia, que cuando las releemos nos sorprenden con significados nuevos e increíblemente actuales, las que parecen que nos hablan para hoy, porque se están rehaciendo en la vitalidad que la gracia de Nuestro Señor imprimió en ellas. Y esa fuerza novadora viene del “arrepentimiento” de mil aspectos de nuestra vida que si dejamos apartados de Dios se harán costrosos y pesados para enfrentar la novedad sobrenatural que está ocurriendo hoy en todos los rincones del quehacer humano, mientras el simple pasado sigue empujándonos al abismo en nexos causales racionales que nos encierran. Pareceremos locos, como parece loco aquel teólogo que relee a Santo Tomás y pasa a ver lo que no se veía hasta el momento frente a la realización de los nuevos misterios. La apostasía de la jerarquía, la desvergonzada exhibición de sus vicios, la pornográfica expresión de gobiernos claramente anticristianos en el mundo político, el dictado de leyes inicuas que consagran atrocidades, todas expresiones que actualizan el misterio de iniquidad que comenzó en el Gólgota y ante los cuales se siguen esgrimiendo los manuales y los códigos que impiden “sacar a un burro del pozo en sábado”.
Para aquellos que se sientan malamente aludidos en estas líneas, queda aconsejarles que renueven sus obras intelectuales sin cambiar un ápice de lo escrito en ellas, pero abandonándolas a Cristo por ser paja que quema el fuego, cambiando radicalmente la totalidad de sus vidas, desistiendo del orgullo intelectual, permitiendo la corrección, sacándolas de la muerte que implica su ser para el tiempo. Naciendo de nuevo y confiando en que “He aquí, Yo hago nuevas TODAS las cosas” (Apoc, 21,5)
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