ALTRUISMO EN EXTINCIÓN
A la altura del Obelisco, sobre Cerrito y, del otro lado, sobre Carlos Pellegrini, había unas bocas como las de entrada al subte, por las que descendían unas escaleras frías y habitualmente bastante sucias. Las épocas de gloria porteña habían hecho que también prosperaran negocios marginales en el mismo microcentro de la ciudad.
Mario José Bianchetti
4/19/20264 min read


Recuerdo cuando la Ciudad de Buenos Aires (la que fuera alguna vez muy noble y leal, como rezaba su escudo) tenía debajo de su avenida 9 de Julio dos paseos peatonales, que llevaban el nombre de sus dos fundadores, y que servían para cruzar y curiosear en los horarios de mucho tránsito. A la altura del Obelisco, sobre Cerrito y, del otro lado, sobre Carlos Pellegrini, había unas bocas como las de entrada al subte, por las que descendían unas escaleras frías y habitualmente bastante sucias. Las épocas de gloria porteña habían hecho que también prosperaran negocios marginales en el mismo microcentro de la ciudad. Estos submundos, en donde se respiraban subaromas que atravesaban la avenida, eran una suerte de galería de locales que, valga aclarar, no eran precisamente parecidos a los de las Galerías Pacífico.
En uno de estos pasajes subterráneos había dos negocios atendidos exclusivamente por enanos. Eran los lustrabotas. Siendo bastante joven en esa época en que pasaba por ahí, no tuve la suerte de haber aprovechado ese dignísimo servicio. Habría, seguramente, detrás de la caridad de emplear enanos, algún vivillo bruto y comerciante que sabía lucrar con la compasión que causaban estos hombres en miniatura.
Esos señores bajitos prestaban un servicio silencioso, escondido, real. Abnegados, laboriosos y humildes, hacían la tarea que habían conseguido y con la que se ganaban el pan honradamente. Eran también una expresión de una época que se iba apagando, en la que había algunas profesiones y actividades que exigían cierto decoro en el vestir.
Pese a sus signos de decadencia, la Ciudad de la Trinidad conservaba notables rasgos de altruismo. Tal vez me equivoque al pensar que el ocaso de esa época —aquella en la que se tenían aspiraciones más altas— llegó a su fin, o al menos abandonó el centro de mi amada Buenos Aires, con el auge del teletrabajo durante la llamada pandemia. Creo que hasta ese momento todavía se percibía un anhelo por la política, la milicia y el estudio de las letras y las artes. Se hacían conferencias, congresos, revistas, hermandades y un sinnúmero de agrupaciones con fines que iban más allá del propio individual. Es cierto que la decadencia podía percibirse: era común ver, en lugar de filósofos y sacerdotes —intelectuales de profesión—, a contadores, jueces, escribanos y abogados imitando el legado de la generación anterior, aunque reduciendo la herencia recibida a una noble afición, despojada ya de su antigua naturaleza de oficio. Pero ese espíritu estaba en el ideario, y se hacían, mal o bien, muchas cosas.
La vida actual parece habernos desorientado por completo y, en lugar de tener esas viejas y nobles aspiraciones, ahora pareciera que la suma de todos los anhelos se ha vuelto convertirnos en vivillos y tener un sub negocio en el que unos cuantos enanos lustren botas a tiempo completo para llenarnos los bolsillos. El negotium, que es por etimología la negación del ocio (del ocio intelectual, no de la pereza), parece habernos seducido por completo con su canto de sirena.
Los grandes ideales los hemos olvidado hasta tal punto que hoy, aunque seamos un católico promedio, vivimos, sin darnos cuenta, una vida chata, pusilánime, vacía… Ese negocio de los enanos resulta una imagen espléndida. Antes se aspiraba a defender un ideal; hoy el ideal es regentear enanos. Antes, por decantación, algunos llegaban a eso, pero se aspiraba a otra cosa.
Ese centro de Buenos Aires estaba regado de muchas joyas que hablaban de su nobleza de aspiraciones: numismáticos, filatelistas, ferromodelistas, librerías de usados, editoriales, locales de tal o cual agrupación, museos y bibliotecas, universidades y, por supuesto, iglesias. Había restaurantes que no parecían de Nueva York, sino pedazos vivos de España; cafetines que no eran para el turismo, sino para el encuentro del amigo. Entre el bullicio y el hormigueo de una ciudad-puerto, había una vida paralela en la que se batían a duelo a diario el egoísmo y la generosidad, se debatían los grandes ideales y se gastaban esfuerzos por metas colectivas.
El querido Padre Ricardo Olmedo, fallecido hace poco más de un mes, nos contaba que él había estado varios años como colaborador en el Servicio Sacerdotal de Urgencia, en la calle Uriburu. Era egresado de Abogacía y aún no había entrado al seminario. Tenían turnos para acompañar, durante la noche, al sacerdote encargado de acudir ante el eventual llamado de algún cristiano moribundo. ¡Qué actividad tan hermosa y altruista!
Creo que Dios le pagó en vida esa generosidad cuando, ya un poco achacado por los años, necesitaba que lo ayudaran a subir y bajar al altar para celebrar su misa cada día. Dios le devolvió ese favor de cruzado por las almas de los moribundos cuando un grupo de jóvenes y no tan jóvenes se anotaron, organizados por mi amigo Santiago Bonacalza, en el Servicio Sacerdotal de Urgencia para ir a acolitar y ayudar al Padre. Fueron su bastón para subir las escalinatas del altar cada día, a las 7:15 de la mañana, durante su preparación para la muerte, en los 8 meses de su paso como capellán por el Noviciado Pilar. Yo imagino que esa muestra tan grande de cariño, de amor al sacerdocio y de compromiso de sus fieles por la Misa debe haber sido para el Padre una de sus mayores alegrías como sacerdote.
Él era un hombre de esa generación de ideales altruistas y, sin duda, en su vida de entrega generosa a la vocación sacerdotal fueron muchas más las actividades que realizó por el bien del prójimo; pero eso seguramente ya le estará siendo recompensado en la Casa de Aquel por quien prestó tan gran servicio.
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